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Del Estado del bienestar a la sociedad del cuidado a las personas

Artículo de opinión de Mari Carmen Barrera, Secretaria de Políticas Sociales, Empleo y Seguridad Social de UGT, en «El Español»

En estos días se está hablando mucho de las repercusiones económicas inmediatas y futuras que va a tener la pandemia del Covid-19. Reconozco que, sobre todas estas lógicas y análisis, sobre todas las predicciones y cifras económicas que avanzan desastres en todo el mundo, debe imponerse la principal: sin salud y mientras dure la pandemia, con sus efectos mortales, no habrá economía posible.

De hecho, a quienes se empeñan en anteponer la atención a la economía y a las empresas sobre la gestión de la crisis humanitaria (lo hemos visto en otros países de forma más o menos descarada: UK, USA, etc.) habría que decirles que el mayor prestigio y reputación -en términos económicos- que puede tener un país en estos momentos es haber resuelto la crisis y, sobre todo, haber terminado con la estadística diaria de muertes.

Ese es el mayor grado de eficiencia económica del que puede ahora mismo presumir un país, pues no sé quién puede siquiera imaginar que en medio de la emergencia sanitaria puede desarrollarse y crecer la economía, salvo, como siempre, para un puñado de especuladores sin escrúpulos.

Esta disyuntiva presente con fuerza en el debate político en todo el mundo plantea la necesidad de un cambio urgente. Un cambio de concepto, de paradigma, de discurso. No es posible continuar con el actual modelo que permite a jefes de Estado reconocer trabajar por «salvar la economía para los que queden».

Es urgente pasar de una economía de mercado a una economía del cuidado. Porque si algo nos ha enseñado esta pandemia es que no solo como ser humano sino, sobre todo, como sociedad, somos extremadamente frágiles. Y las pruebas de esto son más que obvias. Presumíamos en esta era del aumento de la esperanza de vida como un factor de desarrollo y de calidad de vida.

El exponente de nuestras sociedades avanzadas es la capacidad de envejecimiento de nuestra población y su acceso al sueño de largas y doradas jubilaciones. Hay que reconocerlo, nuestra sociedad como tal, envejecida, ha sido desafiada y atacada por el virus. Y ello nos obliga a replantearnos nuestro modelo de estado del bienestar hacia un modelo de sociedad que cuide realmente de las personas que la componen.

Las sociedades del cuidado deben basarse en un modelo económico que sitúe en el centro del mismo las actividades económicas dirigidas a ese fin. Habría que plantearse por qué se dice que las economías de los países desarrollados han entrado en crisis en base al hecho de que solo estemos consumiendo en estos momentos bienes esenciales básicos.

Es evidente que el confinamiento reduce en extremo nuestras posibilidades de socializar a través de actividades lúdicas y culturales, suponiendo esto un gran recorte a nuestro flujo económico. Pero que solo consumamos ahora mismo determinados bienes no significa que no sigamos necesitando de otros, también esenciales: los bienes de cuidado, especialmente en medio de esta pandemia.

Tenemos una gran carencia en nuestra sociedad de cuidados de todo tipo. Incluso habría que reconfigurar el concepto mismo de cuidado, pues algunos de ellos -debido a la óptica economicista que preside todo el tratamiento de la salud y el bienestar- se plantean como una cobertura de mínimos exclusivamente.

Este planteamiento ha de cambiar y debe dejar de considerarse un gasto desde la atención sanitaria en general hasta la propia atención a colectivos específicos necesitados. Son inversiones que nuestra sociedad necesita y exige para mantener el equilibrio y el bienestar de nuestra población.

Esta crisis ha dejado claramente al descubierto esta necesidad y quizá por ello ahora resulta muy difícil entender por qué los países occidentales (todos con la sola excepción de Alemania) habían abandonado la producción de bienes en la esfera de los cuidados que ahora son, no esenciales, vitales, a la luz de lo ocurrido.

La supuesta ventaja del comercio global, que convertía en objeto de importación todos los bienes ahora esenciales (test, respiradores, mascarillas, etc.) no ha sido tal, sino una gran trampa. Ahora, desgraciadamente, podemos comprobar cuáles son las consecuencias de estas decisiones, ancladas tan atrás en nuestro caduco modelo productivo que sería imposible determinar con precisión a cuándo se remontan. Ahora se han revelado como políticas económicas realmente inútiles y dañinas.

A la luz de este nuevo paradigma de la economía del cuidado, habría que alumbrar y definir nuevas actividades industriales que, por su carácter esencial para el bienestar del país, no pudieran ser objeto de deslocalización, reduciendo a la mínima expresión la importación de estos bienes. Y, sobre todo, cuidando la calidad de los mismos. Esta nueva directriz de política industrial dirigida a actividades esenciales debe acompañarse de un impulso de los servicios públicos.

Nuevas políticas públicas de refuerzo de unos servicios públicos esquilmados y faltos de inversión. Esto parece una obviedad cuando ahora, hablamos de sanidad, debido al esfuerzo titánico que estamos viendo en prime time de nuestros y nuestras profesionales durante esta crisis para sobreponerse a unas dotaciones de medios muy reducidas como consecuencia de las políticas de equilibrio presupuestario y de recorte desarrolladas durante la pasada crisis por el Partido Popular.

Menos obvio resulta si hablamos del resto de servicios públicos, pero todos ellos se han evidenciado indispensables. En esta crisis, muchos y muchas se han dado cuenta de golpe de que existen los Servicios Públicos de Empleo, y que, aunque recortados en plantilla y dotación de medios hasta límites insospechados, sus profesionales están trabajando catorce horas diarias, como los sanitarios, para librar la batalla contra el virus en nuestro país.

Los profesionales sanitarios salvando vidas, los trabajadores y las trabajadoras de los Servicios Públicos de Empleo sosteniendo la economía, el empleo y el nivel de ingresos de las familias de nuestro país. Y podría seguir con la lista: atención domiciliaria, residencias de mayores, policías, servicios sociales de todo tipo, etc.

Estos cambios hacia una economía/sociedad del cuidado (a las personas), sin embargo, no podrán ser implementados por cada país individualmente, han de ser coordinados y dirigidos desde Europa. No en vano Europa se erige en la cuna y reserva del modelo actual de Estado del bienestar. Es ahora el momento de que Europa avance en esa construcción, reforzando y mejorando un modelo que ha sido puesto en jaque por esta crisis. Está en juego el futuro de la propia Europa y del modelo de Estado del bienestar.

Por último, este nuevo paradigma de economía debería estar acompañado de un nuevo modelo de consumo. Uno que no se apoyara en el «consumo inútil», cuyo abandono ahora parece haber provocado la crisis económica en ciernes.

Una imagen vale más que mil palabras y en un futuro no lejano quizás las «dotaciones de servicios» que se anuncian en los paneles de venta de las promociones inmobiliarias, se referirán al número de camas medicalizadas de proximidad, a las residencias públicas de mayores en la zona, a las unidades de ayuda a domicilio, etc. Ese ha de ser el nuevo concepto de «riqueza útil».

Cuanto de inútil resulta un Jaguar en el garaje de una gran mansión, cuando la salud y la vida están en juego. Y es que, definitivamente, ante la vida o la muerte, todos ostentamos un mismo umbral de pobreza y si es que existe alguna riqueza posible en esos momentos, en esta crisis hemos constatado que esta, solo podría llegar desde nuestros servicios públicos.

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