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El Sindicalismo ante los retos de la globalización*

Manuel Chaves, Ministro de Trabajo del Gobierno de España en diciembre de 1988

“¿Qué es lo que puedo yo decir de la Huelga General del 14 de diciembre? Primero, que fue un éxito, y así lo reconoció Felipe González. Fue un hito histórico para el movimiento sindical español; diríamos que marcó el punto álgido del movimiento sindical español, del movimiento democrático, y –como ha dicho Antón [Saracibar]-, ni antes ni después de diciembre del 88 ha habido una huelga de la amplitud, de la participación, y de la profundidad que tuvo esa huelga.

He dicho el punto álgido; hasta tal punto que, en mi opinión personal, quizás discutible, ese punto marcó el comienzo, o empiezan a observarse los síntomas de un cierto proceso de debilidad del sindicalismo español, al cual me quiero también referir.

La huelga del 14 de diciembre provocó efectos políticos, efectos económicos y efectos sociales posteriores. Es evidente. Yo creo que la huelga no marcó un cambio de política económica, marcó la intensificación de medidas sociales en el marco de esa política.

Con posterioridad a la huelga, en el primer semestre del año 1989, para ver si podíamos conciliar un acuerdo, se abrió un proceso de negociación que fracasó también. Creo que fue un fracaso para el Gobierno y también para los sindicatos, porque había que rentabilizar, y había materia y masa, para poder rentabilizar por parte de los sindicatos el éxito de la huelga; y el fracaso de la negociación lo impidió.

¿Qué es lo que hizo el Gobierno? Aprobó un decreto ley en el que estableció toda una serie de medidas sociales –no todas las que habían reivindicado los sindicatos- que le da una respuesta parcial al giro social que estaban pidiendo los sindicatos para cubrir la deuda social existente. Recuerdo que el montante de la inversión en políticas sociales del decreto ley rondó en torno a los 400.000 millones de pesetas.

Han pasado 30 años desde la huelga y se han producido cambios muy profundos en el seno de la clase trabajadora, del mercado de trabajo, y de las organizaciones sindicales. Cambios que han afectado a los escenarios político y económico, no solamente en nuestro país, sino también en el conjunto de Europa. Eran cambios visibles en los años finales del siglo XX, y hay ya una cierta unanimidad en que estamos asistiendo a una crisis de transformación de la clase trabajadora y del sindicalismo. Y lo digo sin ánimo peyorativo, sino con la intención de abrir un cierto debate y de participar en esa reflexión.

Mi formación no se entiende sin mi paso por el sindicato, siempre he creído en el potencial histórico transformador de la clase trabajadora y de sus organizaciones representativas. Uno de los rasgos que han definido siempre, y siguen definiendo a las sociedades más igualitarias, ha sido precisamente los movimientos sindicales fuertes, el poder sindical como un poder compensador en el conjunto de los poderes que definen a una sociedad democrática.

Los sindicatos democráticos en las sociedades europeas son determinantes para garantizar la cohesión social, la estabilidad democrática, para avanzar en la seguridad de los ciudadanos, en la igualdad; de ahí la responsabilidad que tenemos todos, y que tienen los sindicatos, a la hora de afrontar estos cambios.

Por eso me gustaría plantear algunas cuestiones. Primera, ¿cómo será dentro de 20 o 30 años el mercado de trabajo? ¿cómo será la clase trabajadora? Hay quien está hablando ya de la desaparición de la clase trabajadora. Podemos intuir cómo será, pero no saberlo con exactitud, cuál va a ser el impacto de la robotización, de la biotecnología, de la infotecnología… Hay quienes afirman que los cambios tecnológicos van a ser como el siglo XIX la revolución industrial, que habrá más prosperidad económica y la creación de más puestos de trabajo para sustituir a los que desaparecen. Pero también hay quien dice que la robotización y la inteligencia artificial harán que millones de trabajadores en el mundo sean innecesarios.

Pero nos podemos preguntar qué entendemos hoy día por clase trabajadora. Qué es lo que entendemos hoy por un sindicato de clase como son y lo han sido siempre UGT y CCOO. No tengo una respuesta clara. Pero hay encuestas que nos vienen diciendo que hay empresarios que dicen que ellos trabajan ocho horas diarias y que, por tanto, forman parte de la clase trabajadora. Y hay trabajadores que, en esas mismas encuestas, dicen que no se sienten parte de la clase trabajadora a la que consideran baja, pobre, y se sienten parte de una clase media, porque quieren alcanzar un determinado estatus social. [Albert] Rivera habla de ‘clase media trabajadora’, otros dentro de la izquierda hablan de ‘las gentes trabajadoras’, y en los discursos de los partidos políticos, incluidos los de izquierdas, hablan en sus plataformas electorales de compromisos y de promesas fundamentalmente dirigidas a la clase media. Y desde una perspectiva sindical no se puede olvidar que, la renta salarial y que una persona pueda ser acomodada, no es incompatible con formar parte de la clase obrera o la clase trabajadora. Debemos reflexionar sobre el hecho de muchos trabajadores asalariados europeos están votando a partidos populistas y de extrema derecha, cuando la clase trabajadora ha sido siempre el soporte de los partidos de izquierda.

La segunda cuestión que quiero plantear es la posible fragmentación que se está dando en estos momentos en el seno de la clase trabajadora, la dualización del mercado de trabajo. Nunca he confundido temporalidad con precariedad. Cuando se habla de la huelga de 1988, en aquella época no existía precarización, existía temporalidad. El 80% de los contratos temporales de aquella época estaban en torno a los 6 meses, y hay que reconocer que mucho más tarde la temporalidad derivó en precariedad.

*Este texto es un extracto de la ponencia presentada por el autor en la jornada “30 Años de la Huelga General. 14-D Historia y Memoria”, organizada por UGT-Castilla y León en Valladolid, el 22.11.2018.

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