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Artículo de opinión de Cristina Antoñanzas, Vicesecretaria General de UGT, en «El Siglo de Europa»

► La forma en que la Unión Europea decidió gestionar la crisis fue un error que ha debilitado el proyecto europeo hasta un punto que todavía está por ver, pero que apuntará algo de claridad tras el recuento electoral del día 26 de mayo

No tengo ningún problema para comprender a todas esas personas que durante estos días piensan en las elecciones europeas embargados por la pereza. La Unión Europea es una cosa complicada, exasperantemente lenta, abstrusa, distante, y en los últimos años algo más parecido a un Olimpo lejano desde donde los dioses nos castigan por vivir a lo loco (recuerden que un tal Jeroen Dijsselbloem, holandés, siendo presidente del Eurogrupo, dijo que en los países del Sur de Europa gastábamos el dinero en alcohol y mujeres).

El proyecto europeo nació de la derrota del fascismo en Europa, cuando en España ya había ganado. En medio de la hecatombe humana y económica que dejó la II Guerra Mundial, los europeos pensaron que para acabar con aquella dinámica había que probar a sumar intereses en lugar de rivalizar por ellos. Y funcionó, y empezaron a cambiar muchas cosas en el mundo… Mientras en España vivíamos sometidos y estancados en el fascismo.

Es cierto que muchos de los y las votantes de hoy no recordamos esa parte, porque no la vivimos. Somos europeos y europeas con la misma naturalidad que españoles o españolas. Entramos en el proyecto europeo cuando estaba consolidado; integrarnos nos ayudó a crecer y consolidar una democracia todavía muy nueva. No teníamos problemas con Europa, hasta que llegó la crisis. La forma en que la Unión Europea decidió gestionar la crisis fue un error que ha debilitado el proyecto europeo hasta un punto que todavía está por ver, pero que apuntará algo de claridad tras el recuento electoral del día 26 de mayo.

Y no sólo ha sido la crisis. A pesar de las dificultades, los europeos nos hemos movilizado contra el oscurantismo con el que las autoridades de Bruselas han negociado acuerdos comerciales como el TTIP (Tratado Trasatlántico de Comercio e Inversiones) o el CETA (Acuerdo Integral sobre Economía y Comercio), y contra una parte de sus contenidos que convierten en asuntos secundarios las condiciones de trabajo de los europeos y muchos de los servicios públicos, dando una prioridad injustificada a la expansión comercial de las empresas. Ha costado años poner en marcha el Pilar Social Europeo, que apenas ha comenzado a desarrollarse. Armar la lucha contra la elusión y evasión fiscal está costando una eternidad, al igual que acordar un sistema impositivo para las grandes corporaciones globales que obtienen ganancias en todas partes pero no tributan por ellas casi en ninguna.

Y después de recordar todo eso, y de revivir la indignación que nos produjo la forma en la que se trató a algunos países (como Grecia), o a las personas –personas ante que cualquier otra cosa– que llegan a nuestros territorios buscando refugio, asilo, seguridad, futuro; después de todo eso tengo claro que el proyecto europeo sigue siendo una gran idea, aunque sea una realidad manifiestamente mejorable. Y para ser justos, también hay que recordar que ha sido Europa, a través del Tribunal de Justicia de la UE (TJUE) el que ha propiciado cambios en España en materia de desahucios, o de reconocimiento de algunos derechos laborales (como las cotizaciones a tiempo parcial, o el reconocimiento de los derechos de los interinos de las administraciones públicas).

A pesar de la pereza, merece la pena movilizarse y votar por un proyecto político único, por mantenerlo vivo y asentado en sus principios de paz, igualdad, y libertad; por mejorarlo y hacerlo avanzar con los valores de las nuevas generaciones, los nuestros: feminismo, respeto al medio ambiente, defensa de la identidad de cada cuál sin discriminaciones ni exclusiones, sanidad universal, protección social universal, equidad.

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