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Frente a la antieuropa, la Europa social

Artículo de opinión de Pepe Álvarez en «Destino Europa» y en los diarios del grupo «Prensa Ibérica”

Hace casi cincuenta años que la Unión General de Trabajadores (UGT) fundaba con otras organizaciones sindicales hermanas la Confederación Europea de Sindicatos (CES). Se buscaba así proteger y promocionar los derechos de la clase trabajadora del continente y crear un órgano de interlocución único con el gobierno y con la patronal del mayor proceso de integración política, social y económica que se estaba dando en el mundo: la entonces Comunidad Económica Europea.

El hecho de que una organización obrera (en aquel momento sufriendo aún los rigores de la persecución de la dictadura y en el exilio) viera claramente la necesidad de que los y las trabajadoras de España formasen parte del gran proyecto europeo, aun cuando su país ni estaba ni esperaba formar parte de él (hecho que se produciría trece años más tarde), dice mucho del profundo sentimiento internacionalista y pro europeísta de la UGT.

Lo que hoy llamamos Unión Europea (UE) no puede entenderse desde una óptica meramente económica. Muy al contrario, el éxito de la UE se basa en el convencimiento de  que  el  avance, la  unión,  debía  basarse  en  el  crecimiento democrático de la región. Si se mira el número de Estados miembro que, en 1973, cuando se funda la CES, eran dictaduras, la conclusión es evidente. La influencia que ejercía el mayor periodo de paz y bonanza social y económica que ha vivido el continente europeo (porque eso es, al fin y al cabo, la UE) contribuyó de manera definitiva a la consecución de la democracia (y con ella la libertad) en un enorme número de países. Democracia (tanto en la UE como en sus Estados miembro) entendida no sólo en términos formales, sino en el trabajo de construcción democrática que se lleva a cabo a través del diálogo, el consenso y la participación de todas las partes implicadas.

Los principios y valores que marcaron muchos de los llamados “padres de Europa” –a la que, sin duda, siempre le faltaron madres- han ido olvidándose por una parte de la sociedad y de gran parte de la clase política europea que, apostando fuerte a un liberalismo que nunca fue europeísta, olvidaba cada vez más la parte social y cedía cada vez más al mercado. Se modificaban tratados, consagraban nuevos dogmas en forma de regla, introducían nuevos instrumentos de gobernanza y órganos de gobierno de más que cuestionable representatividad democrática y el sueño convergente se desdibujaba cada vez más. La histórica brecha entre el norte y el sur, tan bien trabajada en una época se ampliaba, al tiempo que se abría una nueva entre el este y el oeste y, sobre todo, se ampliaba la brecha entre los de arriba y los de abajo. Jamás el continente fue tan rico y, sin embargo, jamás ha aumentado tanto la diferencia entre los que más tienen y los que menos en todos los rincones de la UE. La clase trabajadora pagaba las sucesivas facturas de una fiesta en la que se les decía haber vivido y en la que, paradójicamente, nunca habían participado. Paralelamente al  intolerable aumento  de  la  pobreza, la  Unión  y  sus  Estados miembro, la propia democracia se debilitaba. También el papel de esa Europa que exportaba valores y cooperaba para extenderlos por el mundo. El fascismo y el antieuropeísmo han crecido en el continente. Gobiernos apoyados por partidos fascistas, gobiernos autoritarios, gobiernos que promulgan leyes contra personas LGTBI, contra migrantes, gobiernos que pervierten las instituciones para laminar a su oposición democrática…

La consagración del modelo mercantilista y globalizador, que sembró la UE de recortes, perniciosas reformas laborales, acuerdos bilaterales hechos a la medida de las grandes corporaciones, dumping salarial y social, deslocalización industrial, leyes mordaza, paraísos fiscales en el interior y recetas contra el diálogo social (el diálogo que tanta bonanza trajo), en definitiva, la Antieuropa, está siendo contestada por una ciudadanía que ha dicho basta. En muchos casos, por desgracia, votando a opciones que ven en la UE el principio de todos los males.

La Unión General de Trabajadores se movilizó fuertemente en las últimas elecciones al Parlamento Europeo coincidiendo con el XIV congreso de la CES, celebrado en Viena. Fieles a nuestra tradición y convencimiento dijimos que la UE no es el mal, sino la solución. Que la libertad, el progreso, vienen de la mano de este instrumento común que tantas bondades nos ha reportado y que, sólo en el caso de España, hizo  que  el  salto  dado  desde  la  muerte  del  dictador  a  que  ostentásemos la presidencia del Consejo en 1989 fuera tan absolutamente provechoso. Y por ello hacíamos, una vez más, una llamada al voto y al voto que apostase por fórmulas de progreso social y económico. Porque no puede haber libertad de movimiento de capitales si a las personas se les cierran las fronteras. Las cuatro libertades van tan estrechamente unidas que, si se debilita una, se debilitan todas.

La crisis del COVID 19 no ha hecho sino evidenciar que muchos de los problemas sobre los que algunas organizaciones sindicales del continente veníamos alertando: servicios públicos (sociosanitarios, de empleo, enseñanza, etc) esquilmados tras años de privatizaciones y recortes; deslocalización y acuerdos comerciales que dejó desabastecida a la ciudadanía de productos tan necesarios como las mascarillas o el alcohol cuando más se necesitaban; falta de inversión en cooperación para conseguir actuar también en los países de nuestro entorno que más lo necesitan; lentitud en la toma de decisiones; cicatería; falta de miras…

Como hace casi cincuenta años UGT vuelve a apostar por la unión y la acción conjunta como única salida a los problemas y como única vía al progreso. Una Unión Europea que, basada en los principios de solidaridad, retome la denostada parte social de la agenda y la eleve al lugar que le corresponde moral y legalmente. La EU de la raza y de la idea que entienda que el futuro pasa por ella misma: por creerse y actuar por un planeta más verde, más justo, más igualitario y más democrático. Que trabaje en lo interno estos valores y los exporte en su acción exterior, política y comercial. Que  exporte,  como  hacía,  bienes  y  Derechos  Humanos. Bienestar económico y político. Que trate con mimo a la fuerza obrera que la ha construido, que tanto ha cedido y que tanto la ha protegido (incluso de ella misma). La Unión Europea del s XXI será la de la justicia social, climática y democrática, la Europa de sus ciudadanas y ciudadanos, o no será.

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